Burning + Desvariados
Sala Apolo - Bcn


11.03.2017
Sala Apolo - Barcelona

La diferenciación innata del ser humano, respecto al resto de animales, no es otra que la de ser el único capacitado para transmitir la cultura mediante el lenguaje, con la palabra. Esto, en sí mismo, hace una gran distinción entre cultura e instinto, es decir, lo segundo es un automatismo natural heredado biológicamente y, lo primero, un legado de circunstancias y formas percibidas. Percepción que, salvo recalcitrantes retrógrados e inmovilistas doctrinales, se basa en la comprensión de la palabra, sea ésta digital, impresa u oral enriqueciendo, transformando y ampliando, no sólo el carácter de la persona, sino inclusive su capacidad intelectual. Utilizada para infringir pequeños o grandes cambios en las formas y maneras sociales y, con ello, en el mismo proceso evolutivo de la especie. Si bien, de alguna manera inexplicable, el arte, en cualquiera de sus expresiones, aun siendo la auténtica herramienta de ese traspaso cultural, siempre se ha encontrado en el paradójico punto de inaceptación, embestido deliberada y procazmente. Una de las expresiones artísticas más reprobadas y perseguidas ha sido la música, especialmente desde que ésta se convirtió en fenómeno de masas mundial y, continuistas y reaccionarios, incapaces de asimilar la inexperiencia tácita de sus gestadores intentaron socavar y demonizar. Afortunadamente, el empecinamiento de aquellos que tienen algo que decir o que, simplemente, en un principio, únicamente, desean ‘ligar con las chicas’, ha hecho de esa expresión, un bastión de la cultura. Baluarte defendido por quienes llevan consigo las cicatrices y las pérdidas de continuas batallas y por quienes acaban de iniciarse en la lucha, tercos, no sólo en la defensa, sino en la constante ampliación de una ciudadela que puede recabar a través de las ondas o, como el pasado día once de marzo, en esa trinchera fortificada de la música que es la “Sala Apolo” de la siempre layetana ciudad. Donde arribaron unas huestes procedentes de esa Villa cruzada por un deshidratado afluente de un afluente del río Tajo, “Burning” y “Desvariados”. Ambos con la pátina de aquel tranvía que llevaba a la verbena de San Antonio de la Florida, convirtieron a un público que sobrepasaba por poco la cuarta parte del aforo, en acérrimos y vívidos adalides del baluarte. Parapeto que iniciaron los segundos, “Desvariados”, invitados por los primeros en su gira “Corre Conmigo”.


Adri Díaz, vocal y guitarra; Javier Martínez Cebrián, batería; Alejandro Molina, guitarra y voces; y Alberto San Martín, bajo y voces. Cuatro jóvenes artilleros cuya estrategia no es otra que la de mostrar su rock and roll puro y duro y, su arma arrojadiza, es el primer cañonazo de su carrera, su disco “Café Caimán”. Comenzaron con el desparpajo de una veteranía que no han tenido tiempo de acumular con el tema “Vamos a pelear”, con la que, además de ratificar ´de forma apológica esa lucha constante del músico, muestran su propio talante. Temperamento actualizado de aquellos rockers que descubrieron la posibilidad de poder vivir y disfrutar de la vida, “Gente inteligente”, pero sin perder ni por un segundo las raíces y el entorno de dónde provienen, como demuestran su “Desayuno fuerte”. Tomado en esos días que son para dormir y las noches ya no son oscuras en “El hotel de las historias”, donde, como buenos adictos al rock and roll, componer canciones para su fémina esgrimiendo siempre aquello de “Ésta es para ti”, arrastrados por los pecados capitales y rogando que humedezcan su piel mientras gritan, si es necesario, “Escúpeme”.


Seducidos una última vez antes de que sus corazones vuelvan a latir más fuerte, porque esa llama sólo se enciende una vez y el rockero “Camina solo”, siempre con noches de agonía y días de afonía en los que casi de forma inaudible dicen “Mamá, me quiere matar”, el rock and roll a ellos los quiere matar. Esa muerte buscada y deseada que, aunque se encuentre a “Mil quilómetros”, no sólo es ansiada, aunque ellos no tengan la culpa de verte caer en un alocado final de puro swing, sino provocada por esa voz de Adri, rockera y clara que arrastra al público a corear cada uno de los temas o caer bajo la magia de sus seis cuerdas.


O las de Alejandro, poseído por la misma cantidad de alambres y el ritmo frenético con punteos arrolladores. Sobre la base rítmica del cuarteto de hilos de Alberto, capaz de suplir ese sonido clásico de contrabajo sin perder ni por un momento la cadencia marcada por Javi, manejando las baquetas con el descaro de un linaje provocado. Villanos de corte rockero que, si bien eran conscientes de a quien acompañaban, provocaron que el respetable, no sólo les descubriese, sino que disfrutasen casi hasta el paroxismo de sus letras y su música, cautivado por la espontaneidad finalizada con Adri tocando entre el público, constatando que ya han empezado a crear ese hueco que, seguro, con los años les lleve a una posición similar a la que se encuentran los siguientes en ascender al escenario, “Burning”.


Pura representación de una expresión convertida en bastión de la cultura, sobrellevando cicatrices y pérdidas siempre con una frase en la cabeza, “cuando un tío sube al escenario, tiene que creer que es el mejor, sino, que no se suba”. Y, los mejores, ascendieron a ese longevo entablado de alta estofa en el segundo concierto de su gira por once ciudades “Corre conmigo”, Johnny Cifuentes, voz y teclado; Kacho Casal, batería; Edu Pinilla, guitarra; Carlos Guardado, bajo; Nico Alvarez, guitarra; y Nico Roca, percusionista. Acallaron los aplausos y vítores de júbilo y bienvenida con las notas de “Las chicas del drugstore”, antes de arrastrar a todos a bailar con “Bestia azul”, “Jim dinamita”, “Baila mientras puedas”, “Willie Dixon”, “Jack Gasolina” y “Águilas”, han llevado a un público entregado a rozar el frenesí que, cual sobredosis, queda completamente noqueado cuando comienzan las primeras notas de “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste”. Johnny, cómo no, en su incombustibilidad y sin dejar esas teclas que, a poco de celebrar el óbito del pequeño déspota, ya manejaba con maestría, corea, más que cantar, esa letra entregada al respetable y convertida en emblema y forma de una época, de una era que, muchos de los presentes, sólo conocen de oído.


Ecos de la inmortalidad del buen rock and roll, a lomos de esos alambres, los de Edu, que, si bien ya tocaba con oficio y autoridad cuando los compartió con el siempre añorado ‘Pepe Risi’, hoy en día es imposible no deleitarse con su jaez. Como la de Nico, Carlos, Nico Roca, Mike, y, por supuesto, su invitado de honor, Josele Santiago, vocalista y guitarra de “Los Enemigos”, cantando a dúo con Johnny, “Esto es un atraco”. Antes de “Eres especial” y “Mueve tus caderas” con la que llegan a esa pausa antes de los bises donde, el respetable, ávido de continuar cantando, no ceja de gritar el nombre de la banda hasta su vuelta. Para continuar “cantando” con Johnny, “Pura sangre” y “No es extraño que tú estés loca por mí”, ser bañados por parte de la botella de cava que abre Johnny y, tras dar de beber a sus músicos, finalizar con “Nena” y el vigésimo segundo tema, “Una noche sin ti”.


Una última prueba de esa cultura malversada que, con el ruido justo y la contundencia exacta, una vez más dejó constancia de su relevancia, de su intrínseca aportación a la existencia de éste presente que, al tanto del porqué de la elección del nombre del grupo, asimila de una forma más perspicaz su significado y, con ello, su grandeza, “Burning”. Como mostraron los incesantes vítores y aplausos que el respetable les entregó en forma de tributo a su eterno linaje, a su imborrable legado transmitido mediante esa diferenciación innata en el ser humano, la cultura. Repartida, que no impuesta, entre unos muros, los de la Sala Apolo, que, literalmente, estuvieron a punto de venirse abajo por la magia y el desenfreno de una fiesta del rock and roll, legendario y coetáneo, “Burning” y “Desvariados”.

Texto: Yon Raga Kender
Fotografías: Manuel Alférez