Luz Verde
Sala Monasterio - Barcelona


27.01.2017
Sala Monasterio - Barcelona

La naturaleza, al margen de entenderse como aquello que rodea a las ciudades y pueblos, es un ente donde no cabe la felicidad. Estado, en sí mismo, concebido por el ser humano como meta teóricamente asequible para la mayoría, en realidad es una zanahoria a la que intentar dar alcance para obviar la idiosincrasia del pervivir. Subsistir sin más eludiendo depredadores y eventualidades que, no sólo pueden acabar con la vida, sino llevar a una larga agonía que lleve a desear la muerte. Esa es la naturaleza, una trampa sin sentido de la que el ser humano no sólo ha intentado darle una razón, sino que, se las ha ingeniado a base de reconfortantes falacias proyectando vaporosos halos de anhelo. Sin embargo, esa que llaman “la Madre Naturaleza” está siempre presente, incluso en los mundos más artificiales, y deja muestras de su talante, no sólo en la imagen de un cervatillo siendo cazado y engullido por alguno de sus depredadores, sino con la efímera dicha de un clan, barrio, pueblo o una nación. Destruido por el injustificable acto de unos pocos ensimismados en dotar de un carácter bilateral a los habitantes de un área bien delimitada, de un lado la presión extrema a los afanados moradores incapacitándoles para otra cosa que no sea producir y, por otro, haciendo un soez acopio de opulencia hasta la extenuación de tierras y nativos. A los que, únicamente les queda hacer uso de un estado que escapó a las garras de la naturaleza, el alborozo, innato en la especie humana. Esa ilusión bípeda que lleva a concebir e insuflar estados como el de la felicidad para sobreponerse a la desilusión, un valor que se encuentra presente en cada composición de aquellos que, el pasado día veintisiete de enero celebraron el cuadragésimo aniversario de uno de sus componentes en la Sala Monasterio, de la siempre layetana ciudad.


Una sala igualmente tomada por ese talante, a veces olvidado, del tesón y la persistencia en pro del talento y la ilusión como el de los conmemorantes, “Luz Verde”, procedentes de aquella ciudad allende el océano llamada “Catucha quao” (Arroyo de Guanábanos). Y que finalmente, erradicando patronos doctrinales y militares, adoptó el nombre de la hierba que tomaba prácticamente el valle donde se asentó, ‘caraca’, conocida como “pira” o “amaranto” en un mundo que se erigió como civilizado y que, final y afortunadamente, ha acabado aceptando la idiosincrasia de un pueblo al que se le dio el mismo nombre de la planta. Carlos Mendoza, guitarra y voz; Willbert Álvarez, guitarra y voz; Eduardo Benatar, batería; y Ezequiel Serrano, bajo; ascendieron al escenario con la pátina conmemorativa del cuadragésimo aniversario de su batería, Eduardo. El primero de los dieciocho temas haciendo un recorrido a todo su trayectoria fue, “Al borde”, que marcaría no sólo su más que particular rock’n’roll, sino la aceptación de la pérdida para erigirse en ganador que se encuentra en casi todas sus letras. Compartidas tanto por Carlos como por Willbert, ambos dejando su propio carácter en cada tema, bien a solas, bien a dúo, cuando no se dejan llevar por sus respectivas seis cuerdas.


Rasgados presentes en cada composición que en una mayoría de instantes se erigen en voz principal, siempre apoyadas en la carencia del malabarista Eduardo, haciendo gala a lo largo del concierto de su virtuosismo manejando las baquetas a la par que respondía mensajes, seguramente de felicitación, en su teléfono móvil. Y, desde luego, el gran invitado de la banda, Ezequiel, golpeando las cuatro cuerdas sin perder la carencia ni, desde luego, la presencia sobre el escenario. “Cenando con el Diablo”, “Esperando una canción”, “Vegas”, “De fiesta por el sol” y “Humo dorado”, especialmente en ésta última donde queda latente el alborozo, innato en la especie humana. Esa ilusión bípeda que empuja a sobreponerse al dolor de cabeza dejando la ventana abierta, siempre con la misma fuerza para ser libre. “Envuelto” y “Guitarra invisible” una oda, no sólo a la erradicación de patronos doctrinales y militares, sino a la aceptación de la propia idiosincrasia con la que poder sentirse “En Llamas”. “Menos que cero”, “Mira hacia adelante”, “Un clavo saca a otro clavo” y “La lucha”, coreadas por el público, la mayoría sus invitados que aún convencidos con el "¡Ay, la vida, come con bozal de arepa!", se encontraron con la obligada “Ranchera” y el innato desenfado de ambos cantantes y, desde luego, que mejor que echar la culpa a cualquier cosa que a una borrachera.


La misma vaina”, “Oscuridad”, “El final del mundo”, “El fin de la alegría” y, finalmente, “Solo, solo” que, a diferencia de ellos, “Luz Verde”, teniéndolo todo, además de ser queridos por todos, no están solos, como mostró su público, allegados, seguidores y, como siempre, descubridores que a punto estuvieron de no dejarles bajar del escenario. Porque, aun mostrando la trampa sin sentido de la naturaleza, son capaces de hacer disfrutar, reír y bailar a quien les escuche. En grandes superficies o pequeñas salas como la “Sala Monasterio”, donde se dan cita bandas que comienzan y otras tan reconocidas como la de Carlos, Willbert y Eduardo, entre otros galardones, nominados en los premios Grammy. Porque, como el Gramófono, de donde se apocopa el nombre de los mentados premios, las buenas y armoniosas vibraciones sólo pueden emitirse cuando la base, como la pizarra, es resistente a los golpes. Impactos que, a veces, aún proyectando vaporosos halos de anhelo se convierten en alborozo y diversión como los que emitieron “Luz Verde”.

Texto: Yon Raga Kender
Fotografías: Manuel Alférez