Ramoncín
Sala Joy Eslava - Madrid


24.03.2018
Sala Joy Eslava - Madrid 


Con los recuerdos frescos aún en mi memoria del concierto del mes pasado en Barcelona y con ganas de ver a Ramoncín jugar en casa, pongo camino hacia la Joy, una sala que como Luz de Gas se me antoja muy golosa para un concierto del Diablo, que al igual que en la Ciudad Condal estaba llena.
Atrás quedaron los puñales, las mentiras, traiciones en silencios eternos y las malditas redes sociales, empleadas como diversión por un puñado de analfabetos que nunca entenderán que cuando haces lo que quieres , haces Rock and Roll.
A las 20.30 con puntualidad inglesa, la silueta de Ramoncín se deja ver sobre el escenario, los jeans ajustados, unos zapatos que bien podían ser de piel de caimán, chaleco de piel, camisa con negra solapona con chorreras y la sonrisa del eterno adolescente que esta a vuelta de todo. Detrás los Eléctricos, Oscar Castelló (Guitarra y Coros) Miguel Jiménez (Bajo) David Castelló (Bateria) Manuel Silva (Guitarra y coros) Charley Gonzalbo (Violín) y Jesus Varas (Piano & Teclados), la mejor escolta que el Diablo puede tener.


Los acordes de "Putney Bridge" nos anuncian que aún nos queda el Rock para respirar y que el público fiel se encarga de recordar coreando. Cuando empiezas un concierto así, tienes que estar muy seguro de mantener el tipo y vaya si lo mantuvo.
Tras "Déjame" aparece "La chica de la puerta 16" momento para reivindicar que la lucha por la igualdad de género no debe de ser una moda y que su compromiso viene de muy lejos.
"Estamos desesperados" y "Una como tu" dan paso a "Blues para un camello" que saca la parte mas chulapa de Ramoncin, con ese vacileo tan suyo, sobre las tablas del Joy.
Con "Canciones desnudas" y "Hola muñeca " sube la temperatura, para empezar la parte mas tranquila y reivindicativa, haciendo un alegato a favor de la libertad, afirmando que la cárcel no es la solución para problemas políticos y que la vida no diferencia colores, solo pobres y ricos.


"Diez segundos", una canción tan dura como la guerra da paso a "La punta de la ajuga" y "En el infierno", tres canciones de su último disco con temas nuevos de estudio "Cuando el Diablo canta", editado hace 7 años.
Con "Cuerpos calientes" y "Como un susurro", donde empieza ese cuerpo a cuerpo entre Ramon y el público, una situación que domina como nadie, buceando entre la gente y abrazando con su voz al respetable.
Tras "Lagrimas de luna" arranca "Rock and Roll Dudua" marcando el ritmo de lo que aún nos espera. Llega "La cita" y "Forjas y acero" para dejarnos sin aliento. "Sangre y Lagrimas" "Miedo a soñar","Tormenta en la carretera" y "Mandan los lobos".
Una primera despedida, para preparar el golpe final, "Hormigón , mujeres y alcohol" o como popularmente se la conoce "Litros de alcohol", donde la sala se convierte en el mismísimo infierno, tan propicio para el Diablo. "El limite" nos hace sentirnos mas libres que nunca y nos lleva por esa autopista hasta el final del concierto, en lo que para mi, marca la diferencia con respecto al de Barcelona.


Tras "La puta suerte" llega "Felisín el Vacilón", canción incluida en "Barriobajero" y que tambien estaba en su ultimo disco de estudio como Bonus track, una canción escrita para Felix Martinez Marquez, primo y hermano de corazón de Ramón, que falleció el año pasado.
Sentado al borde del escenario, con Los Eléctricos a su espalda y con el respeto y la complicidad de un público que conoce el como y el porque, sin poder contener la emoción, Ramoncín deja en el Joy todo su alma y brinda el tema y el concierto "al mejor cazador de lagartijas".


Dos horas y media sin trampas, que quedan inmortalizadas en un DVD que se espera aparezca como regalo en un próximo trabajo, quizas un buen momento para un disco de estudio, o pensando en la reedición inmediata de su primer trabajo "Ramoncin y WC".
Salgo de la sala con la sensación de haber visto el mismo concierto, pero con un final alternativo y que solo por eso a merecido la pena, porque sea como sea esa, esta noche había visto emocionarse al Diablo.

Texto: Jordi Gil
Fotos: Javier Maestro