Rosendo + Rodrigo Mercado
Palau Sant Jordi


El Club Palau Sant Jordi, en Barcelona, el pasado diecinueve de Diciembre a partir de las ocho de la noche, comenzó a verse rodeado y asaltado por varias miríadas de aquellos adolescentes que perdieron el Norte. Ya hombres y mujeres hechos y derechos, con familias, algunas presentes al completo, todos deseosos y con una frase en la cabeza “Mentira me parece”. Como el nombre de la larga Gira de Rosendo, también familiar, a punto de finalizar y que, como penúltimo concierto, aterrizó en la siempre presente montaña de Montjuïc. Comenzó con Rodrigo Mercado y su banda de acompañamiento, al son de su particular estilo influenciado por el reggae, el rock, el hip-hop e incluso algo de jazz. Una hora de letras con un trasfondo quimérico de ideales utópicos y reivindicativos, repletos de un mensaje sesentero de flores y paz, modernizado y encajado en su ecológico siglo veintiuno.

Rodrigo Mercado

Que, aún con su soberbia figura y su voz grave recitando esas profundas estrofas, y sin que el impaciente público quisiese faltar al respeto de su particular arte, era consciente del mensaje silencioso que parecía solidificarse sobre la enorme cantidad de incipientes coronillas “Si no me ves sonreír, es simplemente despiste", estoy esperando al papa. Y, el papa, Rosendo, apareció con su eterna estampa humilde, acompañado por Rafa al bajo y Mariano a la batería, llenando el gran escenario como si de una gran orquesta se tratase. . Sonriendo ante los vítores y los aplausos del respetable que, casi en el acto y como si de una máquina del tiempo se tratase, cambia de apostura y se torna en un montón de jóvenes, en mala gente poco más, ávidos de comerse el mundo con los primeros acordes de “Mala vida”.


Como atajo de cobayas se dejan arrastrar por el calmo pero insistente talante de Rosendo y su especial toque de guitarra, encerrándolos entre esos invisibles, trasgresores y liberadores barrotes formados con el metal de la protesta. Con la aleación del discernimiento sencillo del “¿De qué vas?”, válido para aquellos que nos manejan, haya o no hay Quincalla, y el mineral que compone la vergüenza ajena, Vergüenza Torera. Transportándolos en “El tren” sobre unos raíles que podrían hacerles cruzar el calendario sin importarles lo más mínimo, embelesados por la velocidad de sus dedos sobre las cuerdas de la guitarra. Al “trantran” de los árboles pasando frente a las ventanas de los vagones, al son de su voz rota, de oficio aprendido y queja, no de vicio, infundiendo su eterno temperamento de aspirante a debutante.

Haciendo el pato y siempre loco por incordiar, ya sea, por delante o por detrás, disparando pan de higo. Controlando aquello que abarcan sus brazos y sin sacar del tiesto los pies, vociferando al unísono con su respetable, ¡Aunque le cuadre, no me ladre buen señor! Porque esa noche, como a lo largo de toda la gira, no hay duda, él, Rosendo, y todos sus seguidores, son “El ganador”. Sin necesidad de dar la vuelta al ruedo y aún desde la esquina de su barrio, ese Carabanchel representativo de todos los Carabanchel de los emocionados testigos que entienden y comparten su “Maneras de vivir” a la que todos, una vez tras el concierto, sólo pueden exclamar, “Agradecido”.

Texto: Yon Raga Kender
Fotografías: Xavier Mercadé