16 Euros de Histeria


24.10.2016
Barcelona

El Dinero, en ocasiones, puede causar una afección nerviosa caracterizada por frecuentes cambios psíquicos y alteraciones emocionales, es decir, histeria. Y, es comprensible que ocurra cuando son grandes cantidades de lo que se trata, sin embargo, cuando una sala está llena a rebosar y, la histeria, da paso al totalitarismo por "dieciséis cochinos euros" es cuando la incomprensión y la desazón invaden a cualquiera. Especialmente si a tu espalda no tienes la solera de revistas musicales quienes, sería ridículo si no fuese así, tienen las puertas abiertas en cualquier sala o concierto. Ser un medio pequeño implica, no sólo auto-financiarte, sino rogar para conseguir un pase, desde luego, no ser agasajado ni invitado a nada, entremezclarte con el público y no tener acceso a miembro alguno de los grupos o bandas que toquen. Mal que bien, un medio pequeño, hace llegar sus fotografías y textos quizá, a personas que, de otra manera no tendrían acceso, y no por falta de posibilidades, sino porque, bueno, los tiempos han cambiado y todo funciona de otra manera. Sin embargo, lo que parece no haber cambiado, es el carácter totalitario y desmedido de productoras como “Hysteria Music Management” con una idiosincrasia que, con aquellos que hacen llenar sus arcas, mantiene unas formas despóticas, desmedidas y, desde luego, sin el más mínimo respeto a la persona.

Porque, cuando un miembro de un grupo o banda cualquiera decide franquear la entrada a alguien, a buen seguro tiene un motivo especial para ello, aunque esos representantes de las empresas gestionadoras crean estar lidiando con un montón de ilusos con suerte. La realidad es bien distinta, esos profesionales de la música capaces de hacer vibrar desde una sala pequeña al recinto más grande, además de crear un arte imperecedero por el cual, quizá, alguna de esas gestoras será recordada, son conscientes de la maldita realidad del dinero. Y, esa consciencia, les obliga, en la mayoría de los casos, a dejar a un lado una parte de sus sentimientos más arraigados no comprometiendo una taquilla de la cual subsisten ya que, a causa, entre otras muchas cosas, del cambio en las formas sociales, se ven obligados a regalar su música en las redes. Por tanto, cómo es posible que un músico de talento incuestionable, perteneciente a una banda de reconocimiento internacional, deba pagar de su bolsillo la entrada a un redactor de una revista. Pequeña, es cierto, “La Hormigonera Rock” es una revista musical con poco tiempo de vida volcada en los grupos locales que, cuando las circunstancias lo permiten, además, cubre grandes bandas y conciertos de renombre. Especialmente gracias a la amistad que, con muchos de los componentes de los grupos y bandas, mantiene desde hace años el redactor jefe y fundador.

Pues, ocurrió, éste pasado día veintidós de octubre, en uno de los conciertos organizados por “Hysteria Music Management”. Ambas bandas, con las que la revista se puso la semana anterior en contacto, accedieron encantadas a que “La Hormigonera Rock” hiciese crónica del concierto pero, debido a que las escuetas invitaciones que disponían se encontraban comprometidas, dejaron en manos de la organizadora la posibilidad de su asistencia. La respuesta de “Hysteria Music Management”, a una de las bandas, al margen de una falta total de respeto a la ortografía y extremadamente autoritaria, lejos de responsabilizarse del asunto y haciendo uso de la sordidez de quién aún con el estómago lleno sigue comiendo. Insistió en que hicieran uso de sus invitaciones añadiendo un servicio por el que no iban pagar, el del fotógrafo, pretendían hacer uso de dos invitaciones de las bandas y que, además, el fotógrafo entregara gratuitamente cincuenta fotografías del concierto a máxima resolución. Medio centenar de imágenes realizadas en una sala sin foso frente al escenario, gratuitamente o, visto de otra manera, además de agotar las fotografías para la crónica, con lo cual para qué habría sido necesaria la presencia del redactor, por dos entradas, esto es, treinta y dos euros asumidos por las dos bandas, la organizadora se habría ahorrado el pago de un fotógrafo. Que, evidentemente, no sólo no estaban dispuestos a pagar sino que, además, como más tarde quedó latente, si quiera se habían planteado contratar.

Finalmente, una de las dos bandas pudo sacrificar una de sus invitaciones para el fotógrafo pero, una crónica sin texto, únicamente con fotos no es una crónica, sino un trabajo fotográfico que no es la finalidad de la revista. Con esa única invitación y sin perder la esperanza de quién intenta hacer un trabajo a toda costa, fotógrafo y redactor se presentaron en la puerta y expusieron sus intenciones a la representante de “Hysteria Music Management”. Ésta, con un talante más propio de regente de colegio de monjas negó de ninguna de las maneras la entrada al redactor, provocando, evidentemente que ambos se alejaran del lugar imbuidos por la desazón y la pátina del fracaso. Sin embargo, la casualidad, porque fue realmente ésta la que provocó inesperadas situaciones, hizo que se encontraran con uno de los músicos y éste insistiera, no sólo en que entraran a cubrir el concierto y, con ello, ayudar a la pequeña revista a crecer sino que, además, disfrutaran de éste. Así que, animados, reandaron el camino y arribaron, de nuevo, frente a la profesa representante de la organizadora que, prácticamente zahirió y agravió con su comportamiento intransigente y fascista al sorprendido e incrédulo músico. Que, tras pagar él mismo de su bolsillo la entrada al redactor, prefirió no observar a la ufana representante, pavonearse cual hiriente amo de una tierra ajena. Olvidándose ésta, de la deuda moral y monetaria que, en realidad, tienen ella y la empresa que representa para con los músicos. Esos que si bien son conscientes de la importancia del dinero, están dispuestos a franquear una entrada en pos de la auténtica finalidad de su trabajo, el disfrute y conversión en momentos indispensables e inolvidables para muchas personas. Unos instantes que incluso pueden ser plasmados para que aquellos que no hayan podido asistir, disfruten de las imágenes y la narración, como si hubieran estado presentes disfrutando de esas bandas cuyo auténtico pago, es el clamor del público. Ese respetable que jalea y corea su música, sus vivencias y sus denuncias compartidas con admiración y pasión límpida, afortunadamente ajenos a comportamientos ruines de organizadores incapaces de ver más allá de "dieciséis euros de histeria".

Texto: Yon Raga Kender